Así, lentamente alcanzó la madurez, como una manzana en el cesto, cambiando el verde esperanza por el rojo sangre, la que muchas veces derramaron sus párpados, ahora marchitos. Su inocencia fue extinguiéndose como el calor de la vela que iluminaba su oscura prisión. Infancia perdida, juventud cohibida, y ahora, senectud prematura. No había marcha atrás. Los dados fueron lanzados antes que su alma encontrara cobijo, y hurgaba su mente con afilado punzón, buscando una respuesta, lentamente, buscando una respuesta.
Llagas en manos y pecho, corazón suturado, piernas quebradas, ¿conciencia? tranquila. El paso aletargado del tiempo malhirió su nave, llenando de cicatrices el casco, pero el timón, no viró, continuó con ese extraño brillo en los ojos, esa constancia incomprensible, a pesar de todo, iluminando el inmenso océano que separaba sus escasas energías de la meta, desconocida.
Lentamente, navego a su respuesta.
En último intento, aferró con fuerza su mano, sintió al fin el calor, la corriente vital, y comprendió: no buscaba una respuesta, lentamente, encontró la salida.
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